Música en directo: la danza mágica
Extraños instrumentos sonaban al antojo de los dedos de los músicos. Iereas se acercó con una mala disimulada curiosidad y con una mirada llena de alegría. Observó instrumentos que desconocía totalmente. Una variedad de instrumentos de viento, cada uno distinto, con sus melodías, unos más agudos, otros más graves, sonidos que les parecían gritos estridentes, sonidos que recordaban a voces guturales y profundas. Un instrumento de cuerda largo con cuatro cuerdas que sonaba muy tenuemente, casi imperceptible, pero allí estaba. Unos tambores marcaban su música con dos notas diferentes con cada golpe de maza.
Aun estaban calentando los instrumentos cuando Iereas se sentó en uno de los bancos de piedra. Apoyó sus codos en sus rodillas y bajó la cabeza hasta posarla en sus manos. Cerraba los ojos y reconocía melodías que iban repitiéndose, ensayando cada una de las combinaciones de notas. Su cabeza se balanceaba de un lado hacia el otro. Tarareaba con algunos instrumentos las sencillas melodías que iba recordando. Cuando los sonidos acabaron, abrió los ojos con un brillo especial.
-Damas y caballeros-pronunció una voz masculina pero cantarina enmascarada en una careta roja con una gran nariz-. Estén atentos, pues el espectáculo va a comenzar. Los grandes músicos que hoy nos acompañan nos harán disfrutar de esta bella tarde.
Todos los gestos del hombre eran exagerados y serpenteantes. Iereas tenía una sonrisa en la boca. Cuando el populacho se acercó a los músicos, el joven muchacho tuvo que levantarse para poder seguir viendo a los artistas.
-¡Que comience el recital!
Todos los músicos empezaron a tocar. Las melodías que antes se habían escuchado desparramadas en el aire ahora sonaban acompasadas y fusionadas las unas con las otras. El sonido era maravilloso. Los oídos del sacerdote se llenaron de notas, y su mente recordó las melodías con la que solía danzar en su tierra.
Repentinamente los campesinos empezaron a bostezar y a marcharse. Ninguno de ellos dejó ni una sola moneda o recompensa por la melodía. El enfado se dibujó en el rostro del joven, y mientras caminaba hacia los músicos se desató la capa. La lanzó al aire tapando el sol a varios de los lugareños, lo que les hizo girarse repentinamente. Miraron con curiosidad el extraño, floreado, ornamentado y rosáceo traje de aquel personaje. Sus ojos azules relucieron, y su cabello rubio y ligeramente ondulado brilló ante el sol que aun brillaba.
El hombre de la careta indicó a los músicos que siguieran tocando, ante el asombro de éstos. Iereas empezó a bailar ante los compases ternarios que tocaba la banda. Sus velos acompañaban sus movimientos rítmicos y cadentes. Unas pequeñas luces brillantes brotaron del suelo, a la vez que la atmósfera empezó a oscurecerse. El pánico brotó entre los asistentes hasta que vieron que las pequeñas luces que brillaban eran mariposas. Las miraban con desconfianza los más mayores, con curiosidad los adultos, y con simpatía los más niños. A los músicos también les envolvió la mágica presencia de los insectos y la belleza del momento. Todos los campesinos callaron y miraron con expectación, mientras más mariposas revoloteaban alrededor de los asistentes, llenando de luz sus caras ante la oscuridad del momento.
Iereas seguía danzando, con el cuerpo envuelto en una misteriosa aura amarillenta llena de luz.
Aun estaban calentando los instrumentos cuando Iereas se sentó en uno de los bancos de piedra. Apoyó sus codos en sus rodillas y bajó la cabeza hasta posarla en sus manos. Cerraba los ojos y reconocía melodías que iban repitiéndose, ensayando cada una de las combinaciones de notas. Su cabeza se balanceaba de un lado hacia el otro. Tarareaba con algunos instrumentos las sencillas melodías que iba recordando. Cuando los sonidos acabaron, abrió los ojos con un brillo especial.
-Damas y caballeros-pronunció una voz masculina pero cantarina enmascarada en una careta roja con una gran nariz-. Estén atentos, pues el espectáculo va a comenzar. Los grandes músicos que hoy nos acompañan nos harán disfrutar de esta bella tarde.
Todos los gestos del hombre eran exagerados y serpenteantes. Iereas tenía una sonrisa en la boca. Cuando el populacho se acercó a los músicos, el joven muchacho tuvo que levantarse para poder seguir viendo a los artistas.
-¡Que comience el recital!
Todos los músicos empezaron a tocar. Las melodías que antes se habían escuchado desparramadas en el aire ahora sonaban acompasadas y fusionadas las unas con las otras. El sonido era maravilloso. Los oídos del sacerdote se llenaron de notas, y su mente recordó las melodías con la que solía danzar en su tierra.
Repentinamente los campesinos empezaron a bostezar y a marcharse. Ninguno de ellos dejó ni una sola moneda o recompensa por la melodía. El enfado se dibujó en el rostro del joven, y mientras caminaba hacia los músicos se desató la capa. La lanzó al aire tapando el sol a varios de los lugareños, lo que les hizo girarse repentinamente. Miraron con curiosidad el extraño, floreado, ornamentado y rosáceo traje de aquel personaje. Sus ojos azules relucieron, y su cabello rubio y ligeramente ondulado brilló ante el sol que aun brillaba.
El hombre de la careta indicó a los músicos que siguieran tocando, ante el asombro de éstos. Iereas empezó a bailar ante los compases ternarios que tocaba la banda. Sus velos acompañaban sus movimientos rítmicos y cadentes. Unas pequeñas luces brillantes brotaron del suelo, a la vez que la atmósfera empezó a oscurecerse. El pánico brotó entre los asistentes hasta que vieron que las pequeñas luces que brillaban eran mariposas. Las miraban con desconfianza los más mayores, con curiosidad los adultos, y con simpatía los más niños. A los músicos también les envolvió la mágica presencia de los insectos y la belleza del momento. Todos los campesinos callaron y miraron con expectación, mientras más mariposas revoloteaban alrededor de los asistentes, llenando de luz sus caras ante la oscuridad del momento.
Iereas seguía danzando, con el cuerpo envuelto en una misteriosa aura amarillenta llena de luz.
