Tuesday, February 20, 2007

Música en directo: la danza mágica

Extraños instrumentos sonaban al antojo de los dedos de los músicos. Iereas se acercó con una mala disimulada curiosidad y con una mirada llena de alegría. Observó instrumentos que desconocía totalmente. Una variedad de instrumentos de viento, cada uno distinto, con sus melodías, unos más agudos, otros más graves, sonidos que les parecían gritos estridentes, sonidos que recordaban a voces guturales y profundas. Un instrumento de cuerda largo con cuatro cuerdas que sonaba muy tenuemente, casi imperceptible, pero allí estaba. Unos tambores marcaban su música con dos notas diferentes con cada golpe de maza.

Aun estaban calentando los instrumentos cuando Iereas se sentó en uno de los bancos de piedra. Apoyó sus codos en sus rodillas y bajó la cabeza hasta posarla en sus manos. Cerraba los ojos y reconocía melodías que iban repitiéndose, ensayando cada una de las combinaciones de notas. Su cabeza se balanceaba de un lado hacia el otro. Tarareaba con algunos instrumentos las sencillas melodías que iba recordando. Cuando los sonidos acabaron, abrió los ojos con un brillo especial.

-Damas y caballeros-pronunció una voz masculina pero cantarina enmascarada en una careta roja con una gran nariz-. Estén atentos, pues el espectáculo va a comenzar. Los grandes músicos que hoy nos acompañan nos harán disfrutar de esta bella tarde.

Todos los gestos del hombre eran exagerados y serpenteantes. Iereas tenía una sonrisa en la boca. Cuando el populacho se acercó a los músicos, el joven muchacho tuvo que levantarse para poder seguir viendo a los artistas.

-¡Que comience el recital!

Todos los músicos empezaron a tocar. Las melodías que antes se habían escuchado desparramadas en el aire ahora sonaban acompasadas y fusionadas las unas con las otras. El sonido era maravilloso. Los oídos del sacerdote se llenaron de notas, y su mente recordó las melodías con la que solía danzar en su tierra.

Repentinamente los campesinos empezaron a bostezar y a marcharse. Ninguno de ellos dejó ni una sola moneda o recompensa por la melodía. El enfado se dibujó en el rostro del joven, y mientras caminaba hacia los músicos se desató la capa. La lanzó al aire tapando el sol a varios de los lugareños, lo que les hizo girarse repentinamente. Miraron con curiosidad el extraño, floreado, ornamentado y rosáceo traje de aquel personaje. Sus ojos azules relucieron, y su cabello rubio y ligeramente ondulado brilló ante el sol que aun brillaba.

El hombre de la careta indicó a los músicos que siguieran tocando, ante el asombro de éstos. Iereas empezó a bailar ante los compases ternarios que tocaba la banda. Sus velos acompañaban sus movimientos rítmicos y cadentes. Unas pequeñas luces brillantes brotaron del suelo, a la vez que la atmósfera empezó a oscurecerse. El pánico brotó entre los asistentes hasta que vieron que las pequeñas luces que brillaban eran mariposas. Las miraban con desconfianza los más mayores, con curiosidad los adultos, y con simpatía los más niños. A los músicos también les envolvió la mágica presencia de los insectos y la belleza del momento. Todos los campesinos callaron y miraron con expectación, mientras más mariposas revoloteaban alrededor de los asistentes, llenando de luz sus caras ante la oscuridad del momento.

Iereas seguía danzando, con el cuerpo envuelto en una misteriosa aura amarillenta llena de luz.

Tuesday, February 13, 2007

Reparo

-Esa mujer me ha confundido con una chica, ¿acaso no soy lo suficientemente masculino?

Hérares lo miró de arriba a abajo. Al llevar las manos sobre la cabeza del horror que sentía el sacerdote dejaba ver su atuendo tan singular.

-Hombre... francamente... eres algo endeble, y el color rosa no acaba de ayudar.

-Pero eso no significa nada, ni la envergadura ni los colores.

Iereas estaba exasperado, irritado, no se mantenía quieto, mientras Hérares estaba sentado sobre un barril. En un estrecho callejón estaban los dos.

-Como mínimo estate agradecido por la lista que te ha dado la anciana, si no es que su vista le haya engañado en más de un aspecto.

-Como mínimo podría haberse fijado con quien hablaba. Pero-dijo mientras se guardaba el papel-, ahora ya sé como decorar las dagas.

-¿Vas a pintar las dagas de colores?

-Haré que vayan a juego con mi atuendo, es importante cuidar esas cosas. La armonía ayuda a calmar la vista.

-Con esos colores... tú procura no quitarte la capa.

Iereas retuvo esa frase en su memoria, no era la primera vez que se lo decía.

-Creo-dijo el sacerdote- que sería bueno movernos por el pueblo por separado, así iremos más rápido a la hora de comprar todo lo que necesitemos. Así podremos abandonarlo más pronto, si te parece bien.

El guerrero se irguió y asintió con la cabeza.

-Muy bien, nos encontraremos al anochecer en las puertas del pueblo. Hasta pronto.

Se dirigió derecho hacia el mercado y se perdió entre las gentes. Iereas se sintió algo más relajado, pero algo le hacía meditar. Decidió ir en busca de la plaza mayor.

Preguntó a varios campesinos y siguió sus indicaciones hasta que empezó a escuchar varios instrumentos que sonaban. No sonaban acompasados ni siguiendo una melodía. Iereas apresuró el paso hasta llegar a su destino. Vio una plaza considerable, y en el centro había un pequeño grupo de músicos que estaban calentando sus dedos, sus bocas, sus gargantas y sus instrumentos. El semblante pensativo del sacerdote cambió mientras sus ojos se iluminaron como las estrellas.

Wednesday, February 07, 2007

Un esmalte para dos empuñaduras

Iereas iba por delante, mirando cada una de las paradas. Sus ojos azulados y brillantes miraban a un lado y a otro buscando lo que quería. Hérares lo seguía. Su cara reflejaba duda. Le parecía extraño que alguien como Iereas tuviera en su poder pepitas de oro, pero todavía no sabía demasiado de su origen.

Al final el sacerdote se paró en una de ellas. El guerrero ojeó por encima de qué se trataba. Sus ojos se abrieron de par a par para ver si efectivamente estaba viendo bien. Era una parada de artículos femeninos. Le subieron los colores.

En cambio, el danzarín estaba tranquilamente hablando con la tendera.

-¿Este esmalte es resistente?-preguntó Iereas.

-Tienes buen ojo, muchacho-le contestó la mujer-. Este está hecho con unos pigmentos muy potentes, y una vez se seca queda muy duro y resiste varios días.

-Lo quería aplicar a unos mangos metálicos de unas dagas para darles algo de color.

-No sé si es esto lo que buscas entonces, pero tengo algo que te podrá hacer servicio. No sabes la alegría que me da hablar de estos temas con una chica tan guapa y tan experta como tú.

En ese momento, Iereas quedó clavado al suelo, inmóvil. Su cara quedó congelada en una sonrisa que tenía desde el inicio de la conversación. La tendera cogió un frasco de cristal y se lo dio.

-Aquí está el mismo pigmento que el del esmalte. Mézclalo con los aglutinantes y acondicionadores que hay en esta lista.

La mujer le dio una lista y, dado que el sacerdote seguía sin moverse ni un ápice, fue Hérares quien pagó a la mujer.

-Muchas gracias, señora-le dijo cortésmente el guerrero mientras arrastraba a Iereas-. Se lo agradecemos mucho.

Mientras el joven sacerdote estaba hecho una estatua de mármol, Hérares lo cargaba debajo de su axila y se lo llevaba fuera del mercado.