Una nueva arma
Tras pasar las montañas Hérares e Iereas llegaron a una pequeña población.
El camino hasta allí fue tranquilo, pero no hicieron demasiada pausa durante su travesía. Acabaron sacrificando al otro caballo malherido aprovechando también su carne para alimentarse, pero dado que cadecían de sal para mantener la carne en buen estado, aprovecharon para darse unos buenos festines.
Al cruzar el sendero pronto divisaron la civilicización.
Al acercarse a ella vieron que se trataba de una aldea. Sus campos de cultivo se extendían a los cuatro costados del núcleo urbano, y los caminos dividían.
-Iereas-le hizo notar Hérares-. Procura no quitarte la capa, sino podrías llamar demasiado la atención.
Iereas asintió con la cabeza, pero no dijo nada.
Al entrar al pueblo descabalgaron y los llevaron tirando de ellos. Se adentraron por una de las calles donde se encontraban los pocos mercaderes que habían. Supusieron que se trataba de una población muy pequeña y que cadecían de comercio propio. Los comerciantes vestían diferente a los campesinos, por lo que serían vendedores ambulantes.
Hérares de detuvo en una de las paradas. Iereas iba mirando de un lado a otro hasta toparse con la espalda del guerrero. Miró qué había hecho detener a su compañero. Había un estante con una multitud de armas. Hérares miraba con esmero cada una de ellas. Había grandes espadas, espadas cortas, puñales, arcos y flechas, hachas y demás utensilios de batalla.
-Escucha-le comentó Iereas mientras se alejaba-. Iré a ver el resto de mercado, si quieres podemos encontrarnos en...
-Mira-le dijo Hérares mientras tiraba de él hasta encararlo al estante-. Elije un arma.
Iereas miró sin demasiado interés. Todas eran armas pesadas y enormemente grandes.
-No estoy interesado en un arma.
Hérares seguía ojeando las diferentes armas. Alargó la mano hacia una y habló con el armero.
-¿Cuánto pides por esto?
-No creo que tengas dinero suficiente para pagarlas. Están forjadas por el mejor armero del Reino y sus mangos están grabados por el artesano personal de la reina.
-Soy hijo de un herrero, y sé perfectamente cuándo tiene valor o no, y esto no tiene el precio que dejas intuir que tiene.
-Tu padre no debe de ser un buen herrero entonces...
Hérares enrojeció de ira y golpeó el arma contra la mesa con fuira. El golpe hizo retumbar las armas y su sonido metálico rezumbó en los oídos de los próximos.
-Ten-intervino Iereas-. Supongo que esto será suficiente.
El sacerdote enseñó una pepita de oro. El mercader la vio con una mueca de avaricia. Se avalanzó sobre la pepita y la tomó con gran cariño.
-Me siento pagado con esto. Será un placer volver a hacer negocio con vosotros.
Hérares miró a Iereas con una mirada penetrante y furiosa. Cuando dejaron la improvisada armería a sus espaldas, Hérares habló.
-No deberías de haber pagado una pepita de oro por eso. No lo valía, te ha dado gato por liebre.
-No importa. Ahora ya está solucionado. Por cierto-siguió hablando Iereas-. ¿Qué arma has comprado?
-Ten-le contestó mientras se la lanzaba.
Se trataba de dos dagas. Sus empuñaduras estaban decoradas con grabados vegetales y florales, y en sí no pesaban demasiado.
-Les falta una cosa-dijo mirando al guerrero-. Vamos a por ello.
El camino hasta allí fue tranquilo, pero no hicieron demasiada pausa durante su travesía. Acabaron sacrificando al otro caballo malherido aprovechando también su carne para alimentarse, pero dado que cadecían de sal para mantener la carne en buen estado, aprovecharon para darse unos buenos festines.
Al cruzar el sendero pronto divisaron la civilicización.
Al acercarse a ella vieron que se trataba de una aldea. Sus campos de cultivo se extendían a los cuatro costados del núcleo urbano, y los caminos dividían.
-Iereas-le hizo notar Hérares-. Procura no quitarte la capa, sino podrías llamar demasiado la atención.
Iereas asintió con la cabeza, pero no dijo nada.
Al entrar al pueblo descabalgaron y los llevaron tirando de ellos. Se adentraron por una de las calles donde se encontraban los pocos mercaderes que habían. Supusieron que se trataba de una población muy pequeña y que cadecían de comercio propio. Los comerciantes vestían diferente a los campesinos, por lo que serían vendedores ambulantes.
Hérares de detuvo en una de las paradas. Iereas iba mirando de un lado a otro hasta toparse con la espalda del guerrero. Miró qué había hecho detener a su compañero. Había un estante con una multitud de armas. Hérares miraba con esmero cada una de ellas. Había grandes espadas, espadas cortas, puñales, arcos y flechas, hachas y demás utensilios de batalla.
-Escucha-le comentó Iereas mientras se alejaba-. Iré a ver el resto de mercado, si quieres podemos encontrarnos en...
-Mira-le dijo Hérares mientras tiraba de él hasta encararlo al estante-. Elije un arma.
Iereas miró sin demasiado interés. Todas eran armas pesadas y enormemente grandes.
-No estoy interesado en un arma.
Hérares seguía ojeando las diferentes armas. Alargó la mano hacia una y habló con el armero.
-¿Cuánto pides por esto?
-No creo que tengas dinero suficiente para pagarlas. Están forjadas por el mejor armero del Reino y sus mangos están grabados por el artesano personal de la reina.
-Soy hijo de un herrero, y sé perfectamente cuándo tiene valor o no, y esto no tiene el precio que dejas intuir que tiene.
-Tu padre no debe de ser un buen herrero entonces...
Hérares enrojeció de ira y golpeó el arma contra la mesa con fuira. El golpe hizo retumbar las armas y su sonido metálico rezumbó en los oídos de los próximos.
-Ten-intervino Iereas-. Supongo que esto será suficiente.
El sacerdote enseñó una pepita de oro. El mercader la vio con una mueca de avaricia. Se avalanzó sobre la pepita y la tomó con gran cariño.
-Me siento pagado con esto. Será un placer volver a hacer negocio con vosotros.
Hérares miró a Iereas con una mirada penetrante y furiosa. Cuando dejaron la improvisada armería a sus espaldas, Hérares habló.
-No deberías de haber pagado una pepita de oro por eso. No lo valía, te ha dado gato por liebre.
-No importa. Ahora ya está solucionado. Por cierto-siguió hablando Iereas-. ¿Qué arma has comprado?
-Ten-le contestó mientras se la lanzaba.
Se trataba de dos dagas. Sus empuñaduras estaban decoradas con grabados vegetales y florales, y en sí no pesaban demasiado.
-Les falta una cosa-dijo mirando al guerrero-. Vamos a por ello.
