Thursday, January 25, 2007

Una nueva arma

Tras pasar las montañas Hérares e Iereas llegaron a una pequeña población.

El camino hasta allí fue tranquilo, pero no hicieron demasiada pausa durante su travesía. Acabaron sacrificando al otro caballo malherido aprovechando también su carne para alimentarse, pero dado que cadecían de sal para mantener la carne en buen estado, aprovecharon para darse unos buenos festines.

Al cruzar el sendero pronto divisaron la civilicización.

Al acercarse a ella vieron que se trataba de una aldea. Sus campos de cultivo se extendían a los cuatro costados del núcleo urbano, y los caminos dividían.

-Iereas-le hizo notar Hérares-. Procura no quitarte la capa, sino podrías llamar demasiado la atención.

Iereas asintió con la cabeza, pero no dijo nada.

Al entrar al pueblo descabalgaron y los llevaron tirando de ellos. Se adentraron por una de las calles donde se encontraban los pocos mercaderes que habían. Supusieron que se trataba de una población muy pequeña y que cadecían de comercio propio. Los comerciantes vestían diferente a los campesinos, por lo que serían vendedores ambulantes.

Hérares de detuvo en una de las paradas. Iereas iba mirando de un lado a otro hasta toparse con la espalda del guerrero. Miró qué había hecho detener a su compañero. Había un estante con una multitud de armas. Hérares miraba con esmero cada una de ellas. Había grandes espadas, espadas cortas, puñales, arcos y flechas, hachas y demás utensilios de batalla.

-Escucha-le comentó Iereas mientras se alejaba-. Iré a ver el resto de mercado, si quieres podemos encontrarnos en...

-Mira-le dijo Hérares mientras tiraba de él hasta encararlo al estante-. Elije un arma.

Iereas miró sin demasiado interés. Todas eran armas pesadas y enormemente grandes.

-No estoy interesado en un arma.

Hérares seguía ojeando las diferentes armas. Alargó la mano hacia una y habló con el armero.

-¿Cuánto pides por esto?

-No creo que tengas dinero suficiente para pagarlas. Están forjadas por el mejor armero del Reino y sus mangos están grabados por el artesano personal de la reina.

-Soy hijo de un herrero, y sé perfectamente cuándo tiene valor o no, y esto no tiene el precio que dejas intuir que tiene.

-Tu padre no debe de ser un buen herrero entonces...

Hérares enrojeció de ira y golpeó el arma contra la mesa con fuira. El golpe hizo retumbar las armas y su sonido metálico rezumbó en los oídos de los próximos.

-Ten-intervino Iereas-. Supongo que esto será suficiente.

El sacerdote enseñó una pepita de oro. El mercader la vio con una mueca de avaricia. Se avalanzó sobre la pepita y la tomó con gran cariño.

-Me siento pagado con esto. Será un placer volver a hacer negocio con vosotros.

Hérares miró a Iereas con una mirada penetrante y furiosa. Cuando dejaron la improvisada armería a sus espaldas, Hérares habló.

-No deberías de haber pagado una pepita de oro por eso. No lo valía, te ha dado gato por liebre.

-No importa. Ahora ya está solucionado. Por cierto-siguió hablando Iereas-. ¿Qué arma has comprado?

-Ten-le contestó mientras se la lanzaba.

Se trataba de dos dagas. Sus empuñaduras estaban decoradas con grabados vegetales y florales, y en sí no pesaban demasiado.

-Les falta una cosa-dijo mirando al guerrero-. Vamos a por ello.

Monday, January 15, 2007

Una vestimenta extraña

Retomaron el camino de vuelta hacia el campamento. Iereas se quitó la túnica ocre que llevaba encima y con un hilo y una aguja en la mano empezó a remendar los desperfectos de su vestimenta. Hérares se paró un momento y lo miró. Estuvo examinándo el extraño atuendo del joven. Una túnica, de estampado floral, corta dejaba al descubierto sus hombros. Dos flores granatosas descansaban sobre sus clavículas y dejaban caer unos velos que se anudaban a las muñecas del muchacho, también decoradas con otra flor en ambas. Calzaba unas sandalias rosadas, con las puntas de los cordones decoradas con pétalos. Llevaba otra flor en el cuello a modo de gargantilla y una tiara con ese estilo laureado.

Su rostro palideció. No se había percatado de que se tapara ese tipo de disfraz. Tantos velos y tanto color rosado-granatoso le había hecho sentir mareado.

Iereas miró el rostro del guerrero.

-¿Qué te sucede?-le preguntó.

-Tu... tu... tus ropas... son... un poco... no sé...

Se miró a sí mismo para ver sus ropas. Tenía varios desperfectos, y aun le quedaba mucho trabajo para reparar el vestuario.

-Tiene muchos rotos, pero acabaré por enmendarlos todos, no es para palidecer.

Hérares recobró la compostura.

-No sabía que fueras vestido así. Siempre llevas esa túnica, incluso el día que te encontré, no reparé en tus... velos.

-Es el atuendo religioso-le explicó-. Como sacerdote debo llevar las ropas que manda el protocolo. Y éstas son las que me pertocan. Este vestido lleva las faldas cortas y es muy ligero, te permite todos los movimientos que quieras. Y cada decoración implica un grado diferente en las diferentes órdenes. Ya estoy acostumbrado a llevarlo día y noche, me costaría llevar otro tipo de prenda.

Mientras Iereas iba hablando, miraba su túnica y clavaba la aguja en la tela. Hérares lo miraba de reojo con cara de desconfianza. Se fiaba, pero le parecía algo sacado de otro planeta.

Thursday, January 11, 2007

Un momento de sinceridad

Iereas se detubo manteniendo la mirada. Hérares quedó inmóvil con la mirada fijada.

Ninguno de los dos hablaba. Tras unos segundos, Iereas dio la espalda al gerrero e intentó seguir su camino.

-Espera-le gritó Hérares.

Escuchaba los pasos a su espalda. Se estaba acercando a él. Bajó la cabeza y respiró hondo, dispuesto a hablar.

-Perdona por lo de antes, pero necesito estar solo. Si tengo un camino, debo recorrerlo por mi cuenta y con mis medios. No he estado viviendo en una sociedad como la tuya o la del resto de personas. Estando a mi lado sólo corres peligros, tanto por mi comportamiento como... por los mercenarios.

Cuando volvía a reemprender su camino, una mano posada en su hombro le hizo girar.

-Nunca te he pedido cuentas de nada, pero si realmente eres un inadaptado más vale que empieces a hablar, si quieres que te ayude. Si vas a llevar un camino concreto, no tengo problemas en seguirte.

-No tienes por qué seguirme, no sé a donde voy.

-Mejor me lo pones, más aventuras tendré y más situaciones peligrosas viviré. Mi objetivo es poder volverme fuerte, más fuerte aun, y demostrar que siendo hijo de un herrero puedo llegar a valer lo mismo que cualquier noble. Ahora, dime algo de tí, cuéntame qué haces aquí.

Iereas miraba los ojos de Hérares. Cuando hablaba de ese modo, sus ojos llameaban, relucían, tenían el espíritu indómito de un ganador.

-Yo...-empezó a vocalizar-esto que has visto lo explica. Soy un sacerdote, un danzarín de los dioses.

Wednesday, January 10, 2007

Se llenó la boca de un mordisco y saboreó la carne con placer. Hérares estaba disfrutando de una carne de caballo de primera calidad. Esos mercenarios deberían utilizar una buena raza de caballos.

-Parece-se dijo a sí mismo-que podré disfrutar del doble de comida, y ahora que estoy solo de un caballo más. Tal vez lo venda al mejor postor para comprarme una nueva vaina para mi espada, estar en la intemperie la ha dejado algo oxidada.

Entre tanta palabrería sonó un rugido ahogado por la frondosidad del bosque, seguido de un grito. El guerrero distinguió con facilidad aquella voz, aunque la había escuchado pocas veces. Dejó de comer mientras se levantaba, cogía su espada y se adentraba en el bosque.

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El animal miró con sus ojos a su víctima. Iereas miró a su cazador.
Un felino con las dimensiones de una persona se movía de forma sigilosa sobre la tierra, a la vez que el joven deslizaba sus pies con un silencio extremo. La bestia volvió a embestir con la misma suerte que anteriormente. Iereas se desplazaba con una agilidad impropia. Sus piernas estaban preparadas para moverse con rapidez y destreza. Pero se estaba midiendo ante un animal que fácilmente lo igualaba en su mejor cualidad.
Iereas no desviaba su mirada. Tanteó todo lo que alcanzaba con sus manos. Finalmente encontró un árbol a sus espaldas, y miró de arrancar dos ramas punzantes a su misma altura. Con un esfuerzo consiguió arrancarlas, pero eso le costó tiempo y equilibrio. El animal se volvió a lanzar esta vez alcanzándolo. Iereas interpuso entre los colmillos y su cuello las dos ramas entercruzadas, pero el animal alcanzó con sus garras sus hombros, arañando peligrosamente su piel. Se le encendió la mirada mezclada con el dolor y la ira. Cuando el animal perdió el embite, alzó su brazo derecho y le clavó la rama en el omoplato del animal.
Se separaron tras el chillido del felino y su forcejeo por liberarse de la improvisada daga. El joven retrocedió e inspiró profundamente.
-Apelo a tu poder, divinidad del viento, para que alejes el peligro que me acecha-se recolocó en posición de danza-. ¡Corranda de los vientos!
Iereas empezó a desplazarse con agilidad y rapidez. Dava vueltas alrededor del animal con un paso lateral, rítmico, acompasado, con una aura que estremecía al animal, que rugía amenazadoramente pero no se movía. Iereas acabó de ejecutar la danza en un punto con un giro y alzando las manos al cielo. Su aura azulada y el aire que levantó se fueron mezclando y subiendo hacia las nubes mientras sus ojos quedaban en blanco.
-¡Iereas!-le gritó una voz entre los árboles.
Apareció Hérares entre la maleza, pero Iereas no se dio cuenta, estaba en un estado catatónico. Un fuerte viento levantó la arena que había esparcida por el suelo hasta llegar a cegar al guerrero y al animal. En ese momento un ser del tamaño de medio metro apareció entre Iereas y el animal. Tenía la cabeza de una mosca, con la piel cyan y los ojos azul ultramar. Su cuerpo era el de una libélula, del mismo color que la cabeza, y sus alas eran una fina gasa blanca que se aireaba con la misma brisa del lugar. Todos sus rasgos estaban agigantados dado su tamaño.
El animal miró al ser y le rugió como si hubiese sido acobardado por nada, pero a Hérares le repungó ver a un animal tan horrendo y tan grande, comparado con un insecto. Inspirando por su boca, el ser infló su cuerpo hasta cuatriplicar su tamaño, y lo expulsó como respuesta al rugido. Se levantó un vendaval que el felino fue arrastrado hasta chocarse con el árbol que había a sus espaldas, y una vez en el suelo volvió a elevarse hasta salir despedido por encima de la copa de los árboles.
Hérares estaba aun allí. Había estado detrás de uno de los árboles agarrado con fiereza a su troco, siempre intentando mirar qué sucedía. Entonces pudo observar cómo el extraño ser desapareció envuelto en un pequeño torbellino que se deshizo en un instante.
Iereas estaba clavado, inmóvil. Sus ojos estaban en blanco. Los cerró y volvió a tener la mirada de siempre. Perdió la postura y caminó hacia el nuevo claro que se había abierto tras el vendaval. Allí vio a Hérares, con una mirada clavada en él.

Friday, January 05, 2007

Caminos separados

Hérares estaba asando la carne mientras Iereas estaba de rodillas ante el río. Estaba echando lo poco que podía tener en su estómago. Momentos antes separaron su asentamiento del degolladero que, tras varias horas, emitía un hedor considerable. Hérares agradeció el frágil estómago de Iereas, ya que ni él mismo hubiese conseguido aguantar mucho tiempo el aroma a tripas putrefactas.

-Si no te arreglas pronto no podrás comer-le comentó-. Sin las tripas en buenas condiciones no te aguantará la comida dentro mucho.

Iereas no decía nada. Seguía con la cabeza agachada, prácticamente hundida en el río.

-Necesitas fortalecerte tanto por dentro como por fuera. Eres un poco endeble. ¿No ves la fortaleza en mi cuerpo?

De repente Iereas salió de su posición irguiéndose. Caminó hasta llegar al matadero y cogió unas tripas con la mano. Con dos dedos tapándose la nariz se dirigió a Hérares y le colocó las tripas prácticamente en su nariz. El rostro del guerrero palideció durante un instante. Su estómago giró y giró, pero se apartó de la manera más rápida posible. Respiró el aire puro del bosque y recuperó el norte. Miró al joven con enfado.

-¿Pero qué has hecho?-le preguntó alzando la voz.

-No soy el único que tengo el estómago delicado, ¿no crees?-le contestó Iereas con cierto resquemor.

-Creo que he sido yo el que ha degollado al caballo, he aguantado suficiente los olores intestinales de ese pony engangrenado para no tener que cazar y poder tener comida pronto, para poder huir de unos asesinos que ni conozco, y encima me haces perder el apetito apestándome con tripas podridas. Podrías tener un poco de consideración.

El joven estuvo callado escuchando el discurso.

-Tienes razón.

Se giró y se perdió entre la maleza del bosque. Pero Hérares no se siguió. Se sentó al lado de la carne y empezó a comer.

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Caminaba con un rumbo algo incierto. Cruzar las montañas y poder huir. ¿Pero qué haría en un mundo que desconocía totalmente? Aquel mundo le era raro, era tan diferente al suyo que no era capaz de reconocer nada: sus animales, sus plantas, sus costumbres. Se había quedado sin patria, ya no era nadie, no era capaz de subsistir. Su educación no le había servido para hacer frente a los peligros de aquel mundo. Pero las montañas estaban en frente suyo.

“Si cruzo las montañas, tal vez encuentre alguna sociedad, algún pueblo.” Su mente le hacía pensar en positivo ante tanta decadencia.

Mientras caminaba, un rugido gutural sonó a sus espaldas. El espantoso sonido le hizo girar de golpe. Tenía a un felino de dimensiones humanas a su espalda, abalanzándose sobre él. En un acto reflejo se echó a un lado, cayendo sobre algunos matorrales mientras escapaba de las zarpas del peligro.