Thursday, December 14, 2006

Poco a poco el ungüento iba haciendo su efecto sanador. Era rápido y eficaz, Iereas no mentía. Hérares se dirigió hacia un río cercano para llenar su cantimplora y limpiar sus manos. Las tenía algo pringosas de aplicar aquella cosa en las llagas. Esa mañana estaba siendo rara, demasiado rara, pero de momento no le quedaba más remedio que ofrecerle un poco de hospitalidad.

También tenía que pensar en otras cosas. Se estaba midiendo contra las fuerzas de la naturaleza, él y la naturaleza, vivir en el mundo salvaje. Y ese era uno de los bosques con más peligros. Un bosque lleno de animales salvajes de gran tamaño, tanto hervívoros territoriales como carnívoros hambrientos. Tenía ganas de enfrentarse contra esas bestias y dejar por un momento de cazar a conejos indefensos para llegar su estómago... y el de otros. Sus oídos escuchaban gritos fieros, gritos de terror, gritos de batalla, gritos de... Iereas.

¿Iereas?

Lo dejaba un momento solo y ya tenía que correr para atenderlo.

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Aunque lo tuviera algo mejor, su pie aun le hacía cojear. Anduvo hasta tener que apoyarse en un árbol bastante cercano. El trote de cuatro caballos hacían retumbar el suelo que pisaba.

-¡Ahí está! ¡Tú, córtale el paso por la derecha, y tú por la izquierda!

En un momento Iereas estaba rodeado por cuatro jinetes. Su cuerpo, vendado en gran medida, estaba torpe y con las heridas demasiado reciente. El cabecilla de los jinetes desató el látigo que llevaba en su cintura y lo cogió con fuerza y lo enarboló.

-Hemos cazado a la gallina de los huevos de oro-dijo mientras descargaba su látigo en las costillas de Iereas-. ¡Cuánto dinero nos darán por tí!

Iereas, extenuado por el golpe, cayó de rodillas. Palpó a su alrededor y encontró una rama. La cogió y en un movimiento rápido la lazó a la cara del caballo. Le alzanzó el ojo y la bestia relinchó con dolor, retorciéndose, poníendose a dos patas. Finalmente, el jinete cayó al suelo.

-Maldito niñato-le dijo iracundo-. ¿Cuántas veces necesitas probar mi látigo para estarte quietecito?

Los demás jinetes sacaron sus fustas y acercaron sus caballos al árbol donde estaba Iereas. El joven muchacho vio la muerte en los ojos de los mercenarios. Cuando todos ellos ibas a descargar a la una sus armas, un silbido de metal sonó en el boscoso ambiente. La punta de una espada asomaba por el pecho de uno de los jitenes. Cayó a plomo de su caballo. Todos giraron sus cabezas. A lo lejos, una figura recortada por la luz asomaba amenazadora. Hérares, el guerrero de Colvaria, había mostrado sus habilidades.

-¿Qué demonios es esto? ¿Sabes con quién estas tratado?-le dijo el cabecilla.

-Sois vosotros quien no sabéis con quien tratáis. Soy Hérares, un guerrero de la élite de la Academia de Guerreros del Reino de Colvaria.

Los jitenes olvidaron a su presa y se giraron hacia el oponente. Los dos que aun quedaban a caballo galoparon hasta él con las fustas en mano. Hérares corrió en dirección a los mercenarios, y cuando estuvo a su altura, saltó, alzó sus piernas y golpeó las costillas de los caballos. Los dos jinetes acabaron en el suelo rodando sobre sí mismos. Hérares se dirigió hacia el más cercano. Su estado de semi-inconsciencia facilitó el desarme del mercenario. Alzó la espada robada y la descargó sobre su enemigo.

El otro ya sé había recuperado de la caída y se dirigía hacia su enemigo con el acero en la mano. Las espadas chocaron en el aire. El mercenario aprovechó la fusta que descansaba en su mano izquierda para descargarla sobre el costado derecho de Hérares. Éste, con gran dolor, giró sobre sí mismo, desvió la espada de su enemigo y acabando de girar la descargó en el costado izquierdo del mercenario, clavándola hasta la mitad del cuerpo. La espada había quedado encallada en el costillar, pero de momento ya podía descansar.

Iereas vio cómo el cabecilla de la banda se acercaba sigilosamente por la espalda de Hérares. Había replegado su látigo y una robusta espada amenazaba la cabeza de su amigo.

-Caballero de Colvaria-le dijo-, te voy a bajar los humos de la cabeza... ¿de un buen corte!

Hérares se giró al momento y vio al mercenario. Su cara de locura le hizo estremecer más que el amenazante brillo azulado del filo de su espada.

-¡No lo vas a hacer!-gritó una voz desde atrás.

Iereas se dirigía en dirección al cabecilla, montado en el caballo que aun se encontraba en perfectas condiciones. El mercenario no tuvo tiempo de esquivar por completo al animal, y fue golpeado por uno de los costado izquierdo del caballo. Giró y giró del impulso, hasta quedar de cara con Hérares, donde su giro cesó de golpe. Había sido perforado, inconscientemente, por el acero de su enemigo. Su rostro ya no era el de un loco, sino el de un alma pálida y asustadiza. Cayó sobre el suelo mientras su sangre dibujaba un charco rojo alrededor suyo.

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