La danza misteriosa
Despellejó a los conejos fácilmente. Sus robustos brazos tenían una fuerza trabajada durante años. Miró de reojo a Iereas para ver qué hacía. Estaba sentado sobre la tela, examinando la gravedad de sus heridas. Parecía tan enfrascado en su tarea que no era consciente del desagradable sonido de desollar al animal.
Hérares estuvo callado, sabiendo que hablar o interactuar con él sería como intentarlo con un árbol. Atravesó a los conejos con unas ramas suaves pero resistentes para asarlos al lado del fuego. Los colocó e intentó prender la hoguera con un poco de hierba seca y frotando un palo. Estuvo un largo rato probando.
Mientras, Iereas seguía observando su cuerpo. Ojeó especialmente sus pies y sus piernas. Tenía alguna llaga en la planta de los pies que aun tenía sin curar. Sacó de su faja un pequeño frasco. Se veía una sustancia amarillenta y pastosa. Iba a usarlo cuando escuchó un grito desquiziado.
-¿Cómo es posible que no prendas? ¿Qué es lo que te pasa conmigo? ¡Maldita hierba y malditos palos!
La hierba no acababa de estar seca, y las maderas estaban algo húmedas por el rocío de la mañana.
-En pleno verano y esta humedad...-volvió a gimotear Hérares.
Seguía intentándolo una vez y otra, sin parar, hasta que vio que algo estaba a su lado. Iereas había actuado después de un largo rato absorto en sí mismo.
-Encenderé el fuego, tengo la suficiente paciencia para lograrlo, a parte de que tengo un gran instinto de supervivencia y...
Hacía tanto que no hablaba que se le escapaban las frases de la boca por sí solas. Pero al ver los movimientos de Iereas quedó mudo.
Iereas alzó los brazos en una posición definida, colocó los pies mostrando los lados interiores. Arrastró los pies por el suelo, los puso en punta, aireaba los brazos de un lado hacia el otro. La hierba que pisaba se secó y dejó escapar un leve humo. De un salto alzó las piernas describiendo un círculo y una leve llama salió de la punta de su pié.
Hérares de acercó para mirar con más atención aquella llama. Llegó a distinguir una pequeña cara y dos garras que parecían unas manos. El duendecillo se metió en la hoguera y fue prendiendo poco a poco la hoguera.
Maravillado, miró a Iereas para preguntarle... pregunarle qué era eso, cómo lo había hecho, preguntarle algo, lo que fuera. Pero vio que estaba gimiendo y recogido sobre sí mismo, con una de las piernas encogidas intentándo protegerla del suelo.
Hérares estuvo callado, sabiendo que hablar o interactuar con él sería como intentarlo con un árbol. Atravesó a los conejos con unas ramas suaves pero resistentes para asarlos al lado del fuego. Los colocó e intentó prender la hoguera con un poco de hierba seca y frotando un palo. Estuvo un largo rato probando.
Mientras, Iereas seguía observando su cuerpo. Ojeó especialmente sus pies y sus piernas. Tenía alguna llaga en la planta de los pies que aun tenía sin curar. Sacó de su faja un pequeño frasco. Se veía una sustancia amarillenta y pastosa. Iba a usarlo cuando escuchó un grito desquiziado.
-¿Cómo es posible que no prendas? ¿Qué es lo que te pasa conmigo? ¡Maldita hierba y malditos palos!
La hierba no acababa de estar seca, y las maderas estaban algo húmedas por el rocío de la mañana.
-En pleno verano y esta humedad...-volvió a gimotear Hérares.
Seguía intentándolo una vez y otra, sin parar, hasta que vio que algo estaba a su lado. Iereas había actuado después de un largo rato absorto en sí mismo.
-Encenderé el fuego, tengo la suficiente paciencia para lograrlo, a parte de que tengo un gran instinto de supervivencia y...
Hacía tanto que no hablaba que se le escapaban las frases de la boca por sí solas. Pero al ver los movimientos de Iereas quedó mudo.
Iereas alzó los brazos en una posición definida, colocó los pies mostrando los lados interiores. Arrastró los pies por el suelo, los puso en punta, aireaba los brazos de un lado hacia el otro. La hierba que pisaba se secó y dejó escapar un leve humo. De un salto alzó las piernas describiendo un círculo y una leve llama salió de la punta de su pié.
Hérares de acercó para mirar con más atención aquella llama. Llegó a distinguir una pequeña cara y dos garras que parecían unas manos. El duendecillo se metió en la hoguera y fue prendiendo poco a poco la hoguera.
Maravillado, miró a Iereas para preguntarle... pregunarle qué era eso, cómo lo había hecho, preguntarle algo, lo que fuera. Pero vio que estaba gimiendo y recogido sobre sí mismo, con una de las piernas encogidas intentándo protegerla del suelo.

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