Tuesday, December 19, 2006

El inicio de un viaje

Recogió todos sus objetos personales y los metió en su bolsa. Rápidamente había atado los caballos por parejas, dejando los más ilesos como montura.

-Iereas-le dijo-. Móntate rápido en ese caballo. Está un poco ciego, pero tiene el cuerpo en perfectas condiciones. ¿Sabes montar a caballo? Sino aprende por el camino.

Tras esas palabras, Iereas montó al instante, no atrevía ni a abrir la boca. Pronto emprendieron el galope.

-Seguramente vengan detrás más mercenarios. El día de hoy lo pasaremos cabalgado. Haremos tres paradas para que descansen los caballos y beban algo de agua. Tú y yo beberemos de las cantimploras y como mucho comeremos algo si encontramos algo que cazar mientras descansen las monturas. No podemos entrenernos más.

Las palabras de Hérares estaban llenas de decisión y de meditada estrategia.

-¿Para qué queremos a los cuatro caballos? Si vamos solo en dos ganaremos tiempo, podremos ir más deprisa.

-Los dos caballos a los que golpeé tienen algunas costillas rotas, no nos sirven como transporte, pero sí como alimento. Mañana a primera hora degollaremos al que peor se encuentre y lo cargaremos en los caballos. Así no perderemos tiempo para cazar ni pescar. Los caballos se cansarán más del peso, pero nos saldrá a cuenta.

Iereas nunca había degollado ningún animal, siempre había tenido la suerte de que otros hicieran ese trabajo por él, ya que él tenía un oficio al que dedicarse. De repente su cara empezó a ponerse azul. Hérares se dio cuenta de ello. Le dedicó una sonrisa.

-Si prefieres no tomar parte lo haré yo. De mientras podrías ir a por agua o leña.

Aquellas palabras aliviaron al joven. No sólo por liberarse de aquella acción, sino que el rostro del guerrero dejó de mostrar aquel rosto militar y despiadado.

-¿No te duele el golpe que te propinaron en el costado?-le preguntó Iereas con culpabilidad.

-A duras penas. Estoy bien protegido-dijo mientras subía su camisa.

Llevaba una armadura de cuero forrado de una cota de mallas. Era una gran protección.

-Tú deberías de llevar algo más que esa debilucha túnica-prosiguió-. Y deberías de llevar algún arma encima. De momento sírvete de esto- le dijo lanzándolé una fusta de los mercenarios-. De mientras apáñatelas con esto. Cuando lleguemos a alguna ciudad compraremos un arma adecuada para tí.

Iereas cogió al vuelo la fusta y se la colocó en la faja. Bajó inconscientemente la cabeza. Sabía que no era capaz de defenderse por sí mismo, que tenia dificultades para aguantarse en pie, y que en aquellos momentos su supervivencia dependía de Hérares.

-¿Me dirás...

Iereas levantó la cabeza para escuchar al guerrero.

-... por qué te perseguían esos mercenarios?

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