Lucha a muerte con los fantasmas del pasado
La gente aplaudía y dio algunas monedas a los músicos y al danzarín. Los músicos siguieron tocando mientras uno de ellos se disponía a recoger el premio. Iereas también se agachó para recoger algunas de ellas mientras sonreía apaciblemente al músico que compartía su actividad. Intercambiaron palabras mientras el danzarín se dirigía hacia su capa y sus dagas que había dejado tiradas en medio de la plaza, pero algo dejó ausente al joven.
Alzó la mirada y el cielo todavía estaba gris, un gris ceniza siniestro, mortuorio.
-¿Te pasa algo?-el músico miró al cielo-. No me digas que ahora no sabes despejar el cielo-dijo entre risas.
Iereas seguía mirando al cielo, hasta que un escalofrío recorrió su espalda de abajo a arriba. Miró rápidamente a todas las fachadas de la zona, de una a otra, sin cesar. Su nerviosismo se acrecentaba por momentos.
-No te veo muy bien-continuó el músico-. ¿Sufres de paranoia persecutoria?
El joven clavó la mirada en una de las fachadas. Sus pupilas se cerraron al instante. Una sombra empezó a descender planeando en dirección a Iereas. Estuvo a tiempo de esquivar aquél ente extraño, pero el músico despegó del suelo con el pecho atravesado por unas enormes garras. Estirado a ras de suelo, Iereas vio que la sombra volvía a subir con el cuerpo convulso del músico mientras las monedas que había recogido caían sobre la gente. El pánico se expandió rápidamente en la plaza, y los paisanos corrían despavoridos en busca de un refugio.
La sombra se deshizo del cuerpo inerte que había capturado y se posó encima de un techo bastante bajo. Miró a Iereas con sus ojos de rendija.
-Sabandija traidora, mereces la muerte por tu actuación.
Su voz femenina estaba mezclada con los gritos de un cuervo. Su cara de mujer tomaba forma de pico en su boca. Sus brazos estaban recubiertos de sendas plumas negras que dejaban entrever unos dedos en forma de garra. A la vez, sus pies tenían la composición de las patas de cuervo, ganchudas y retorcidas. Iba encorvada y el resto del cuerpo lo tenía envuelto por una maraña de pelo negro y plumas.
Iereas miraba de reojo su capa y sus dagas.
-Eres despreciable. No tienes suficiente con haber sido hombre que encima tienes este aspecto afeminado. Asqueroso, eres un monstruo, ¡¡¡UN MONSTRUO!!!
Mientras daba el último grito, aquel ser se abalanzó sobre Iereas. El joven intentó esquivarla y aterrizar en sus pertenencias, pero no estuvo a tiempo y recibió un placaje que le dejó momentáneamente sin aliento. A la mujer no le dio tiempo de agarrarlo con sus extremidades, pero se sintió satisfecha por el daño ofrecido al joven.
Rodó por los suelos, algo extenuado del golpe. Se arrodilló y volvió a localizar sus dagas. En cuanto pudo se dirigió nuevamente hacia ellas, esta vez caminando inclinado a ras de suelo. Esta vez la bestia bajó en picado hacia Iereas y le clavó las garras inferiores en los hombros del joven. Alzó el vuelo y los dos despegaron.
Iereas cogió con sus manos las patas que le agarraban. Fue doloroso. Sentía que su musculatura al moverse se desgarraba aun más entre las garras que tenía en los hombros. Cogiendo impulso curvó su espalda y levantó su pierna hasta dar un puntapié en el estómago de la mujer. Ésta lo soltó con un grito de dolor, proyectándolo contra una pared.
La plaza estaba desértica, y el cielo seguía gris. La pared con la que chocó Iereas estaba ensangrentada. El joven danzarín sentía su cuerpo dolorido. Esta vez cayó prácticamente al lado de sus armas. Cogió las fundas y ató la correa a su muslo derecho. Quitó el seguro de las dagas y corrió atravesando la plaza.
-Jajajaja, desgraciado, voy a disfrutar sacándote esos ojos azules tan relucientes que tienes.
Iereas se mantenía siempre callado. Su mente estaba pensando. Sus piernas le llevaban lo más rápido posible a su destino. La mujer cuervo emprendió su trayectoria hacia el joven rubiales. El danzarín corrió hasta una puerta entreabierta, y cuando tenía las garras de la bestia a escasos dedos de su cabeza, logró introducirse en un cambio de trayectoria digno de unas piernas de bailarín.
-¡Asqueroso! ¡No huyas de mis garras! ¡Te voy a desgarrar entero!
Aquella bestia estaba cada vez más extasiada, más nerviosa, más enfadada. Se metió dentro del habitáculo sin pensar. Le costó introducirse, pero finalmente lo logró torpemente. Miró de un lado a otro. Estaba oscura, como abandonada. Aquel olor a muerto le gustaba. Caminaba poco a poco. A sus espaldas escuchó un ruido. La puerta se cerró de golpe oscureciendo la sala. Se giró alzando los brazos que le servían de alas levantando bastante polvo. Un grito animalizado salió de su boca. Se dirigió hacia la puerta y pasó sus garras. No había nadie.
-Sacerdote traidor, te has ido, ¿verdad?
Esta vez escuchó unos pasos a su espalda, pero antes de girarse sintió que dos aceros se clavaban en sus espaldas.
-En un espacio abierto eres libre de volar, pero en un lugar cerrado no te puedes mover con esa libertad. Aquí soy yo el que juego con ventaja.
Puso un pie en la espalda enmarañada de la mujer y de un salto sacó sus dagas ensangrentadas. Se colocó en la única ventana que estaba abierta. El polvo y los rayos de luz recortaban su figura esbelta.
Iereas empezó una danza, esta vez saltada. Un aura rojiza le envolvía. Las piernas se elevaban y sus brazos, aun armados de sus dagas, dibujaban movimientos largos y estirados. Siempre que pisaba el suelo, iba chamuscándose poco a poco. El suelo de piedra iba tornándose rojo incandescente, y algunas ascuas se esparcían por es suelo.
-Dios del fuego, siente mi danza y haz arder todo lo que encuentres. ¡Morisca de las llamas!
En su último salto, su pie estirado lanzó una llama que hizo reunir a todas las ascuas que había esparcido. Suspendida en el aire, la llama estalló y una figura de fuego con forma de pantera se abalanzó contra la mujer. Iereas pronto recuperó su conciencia y de un salto salió por la ventana. Las llamas salieron por la ventana y por la puerta en un estallido. Iereas sintió el calor que le abrasaba la espalda mientras seguía estirado en el suelo tapándose la cabeza.
Un brazo cogió a Iereas y lo levantó como si nada.
-¿No se te puede dejar solo? Ya podemos correr otra vez por tu culpa.
Era la voz de un hombre fuerte, de un guerrero. Era Hérares. Le puso la capa del joven por encima para tapar las heridas.
-Guarda tus dagas y tápate con esto, cuando salgamos del pueblo ya te daré las curas necesarias.
-Gracias… yo…
De la ventana apareció la cabeza de la mujer que seguía combustiéndose. Sus ojos estaban ardiendo, y su pico negruzco hablaba con voz infernal.
-Piensa que somos tantas como vosotros, y somos fieles al reino, no como tú. Somos mejores, y la prueba eres tú. Piensa que la sangre que corre por nuestra venas…
Su cuerpo se deshizo entero, carbonizado.
-¿Qué era eso?-preguntó el guerrero.
-Era…-Iereas cerró sus ojos-. No lo sé.
