Sunday, April 29, 2007

Lucha a muerte con los fantasmas del pasado

La danza terminó, y las luces fueron apagándose. La negrura empezó a disiparse hasta mostrar un cielo gris. El aura de Iereas se apagó y su conciencia volvió mostrando sus ojos azules entre sus párpados.

La gente aplaudía y dio algunas monedas a los músicos y al danzarín. Los músicos siguieron tocando mientras uno de ellos se disponía a recoger el premio. Iereas también se agachó para recoger algunas de ellas mientras sonreía apaciblemente al músico que compartía su actividad. Intercambiaron palabras mientras el danzarín se dirigía hacia su capa y sus dagas que había dejado tiradas en medio de la plaza, pero algo dejó ausente al joven.

Alzó la mirada y el cielo todavía estaba gris, un gris ceniza siniestro, mortuorio.

-¿Te pasa algo?-el músico miró al cielo-. No me digas que ahora no sabes despejar el cielo-dijo entre risas.

Iereas seguía mirando al cielo, hasta que un escalofrío recorrió su espalda de abajo a arriba. Miró rápidamente a todas las fachadas de la zona, de una a otra, sin cesar. Su nerviosismo se acrecentaba por momentos.

-No te veo muy bien-continuó el músico-. ¿Sufres de paranoia persecutoria?

El joven clavó la mirada en una de las fachadas. Sus pupilas se cerraron al instante. Una sombra empezó a descender planeando en dirección a Iereas. Estuvo a tiempo de esquivar aquél ente extraño, pero el músico despegó del suelo con el pecho atravesado por unas enormes garras. Estirado a ras de suelo, Iereas vio que la sombra volvía a subir con el cuerpo convulso del músico mientras las monedas que había recogido caían sobre la gente. El pánico se expandió rápidamente en la plaza, y los paisanos corrían despavoridos en busca de un refugio.

La sombra se deshizo del cuerpo inerte que había capturado y se posó encima de un techo bastante bajo. Miró a Iereas con sus ojos de rendija.

-Sabandija traidora, mereces la muerte por tu actuación.

Su voz femenina estaba mezclada con los gritos de un cuervo. Su cara de mujer tomaba forma de pico en su boca. Sus brazos estaban recubiertos de sendas plumas negras que dejaban entrever unos dedos en forma de garra. A la vez, sus pies tenían la composición de las patas de cuervo, ganchudas y retorcidas. Iba encorvada y el resto del cuerpo lo tenía envuelto por una maraña de pelo negro y plumas.

Iereas miraba de reojo su capa y sus dagas.

-Eres despreciable. No tienes suficiente con haber sido hombre que encima tienes este aspecto afeminado. Asqueroso, eres un monstruo, ¡¡¡UN MONSTRUO!!!

Mientras daba el último grito, aquel ser se abalanzó sobre Iereas. El joven intentó esquivarla y aterrizar en sus pertenencias, pero no estuvo a tiempo y recibió un placaje que le dejó momentáneamente sin aliento. A la mujer no le dio tiempo de agarrarlo con sus extremidades, pero se sintió satisfecha por el daño ofrecido al joven.

Rodó por los suelos, algo extenuado del golpe. Se arrodilló y volvió a localizar sus dagas. En cuanto pudo se dirigió nuevamente hacia ellas, esta vez caminando inclinado a ras de suelo. Esta vez la bestia bajó en picado hacia Iereas y le clavó las garras inferiores en los hombros del joven. Alzó el vuelo y los dos despegaron.

Iereas cogió con sus manos las patas que le agarraban. Fue doloroso. Sentía que su musculatura al moverse se desgarraba aun más entre las garras que tenía en los hombros. Cogiendo impulso curvó su espalda y levantó su pierna hasta dar un puntapié en el estómago de la mujer. Ésta lo soltó con un grito de dolor, proyectándolo contra una pared.

La plaza estaba desértica, y el cielo seguía gris. La pared con la que chocó Iereas estaba ensangrentada. El joven danzarín sentía su cuerpo dolorido. Esta vez cayó prácticamente al lado de sus armas. Cogió las fundas y ató la correa a su muslo derecho. Quitó el seguro de las dagas y corrió atravesando la plaza.

-Jajajaja, desgraciado, voy a disfrutar sacándote esos ojos azules tan relucientes que tienes.

Iereas se mantenía siempre callado. Su mente estaba pensando. Sus piernas le llevaban lo más rápido posible a su destino. La mujer cuervo emprendió su trayectoria hacia el joven rubiales. El danzarín corrió hasta una puerta entreabierta, y cuando tenía las garras de la bestia a escasos dedos de su cabeza, logró introducirse en un cambio de trayectoria digno de unas piernas de bailarín.

-¡Asqueroso! ¡No huyas de mis garras! ¡Te voy a desgarrar entero!

Aquella bestia estaba cada vez más extasiada, más nerviosa, más enfadada. Se metió dentro del habitáculo sin pensar. Le costó introducirse, pero finalmente lo logró torpemente. Miró de un lado a otro. Estaba oscura, como abandonada. Aquel olor a muerto le gustaba. Caminaba poco a poco. A sus espaldas escuchó un ruido. La puerta se cerró de golpe oscureciendo la sala. Se giró alzando los brazos que le servían de alas levantando bastante polvo. Un grito animalizado salió de su boca. Se dirigió hacia la puerta y pasó sus garras. No había nadie.

-Sacerdote traidor, te has ido, ¿verdad?

Esta vez escuchó unos pasos a su espalda, pero antes de girarse sintió que dos aceros se clavaban en sus espaldas.

-En un espacio abierto eres libre de volar, pero en un lugar cerrado no te puedes mover con esa libertad. Aquí soy yo el que juego con ventaja.

Puso un pie en la espalda enmarañada de la mujer y de un salto sacó sus dagas ensangrentadas. Se colocó en la única ventana que estaba abierta. El polvo y los rayos de luz recortaban su figura esbelta.

Iereas empezó una danza, esta vez saltada. Un aura rojiza le envolvía. Las piernas se elevaban y sus brazos, aun armados de sus dagas, dibujaban movimientos largos y estirados. Siempre que pisaba el suelo, iba chamuscándose poco a poco. El suelo de piedra iba tornándose rojo incandescente, y algunas ascuas se esparcían por es suelo.

-Dios del fuego, siente mi danza y haz arder todo lo que encuentres. ¡Morisca de las llamas!

En su último salto, su pie estirado lanzó una llama que hizo reunir a todas las ascuas que había esparcido. Suspendida en el aire, la llama estalló y una figura de fuego con forma de pantera se abalanzó contra la mujer. Iereas pronto recuperó su conciencia y de un salto salió por la ventana. Las llamas salieron por la ventana y por la puerta en un estallido. Iereas sintió el calor que le abrasaba la espalda mientras seguía estirado en el suelo tapándose la cabeza.

Un brazo cogió a Iereas y lo levantó como si nada.

-¿No se te puede dejar solo? Ya podemos correr otra vez por tu culpa.

Era la voz de un hombre fuerte, de un guerrero. Era Hérares. Le puso la capa del joven por encima para tapar las heridas.

-Guarda tus dagas y tápate con esto, cuando salgamos del pueblo ya te daré las curas necesarias.

-Gracias… yo…

De la ventana apareció la cabeza de la mujer que seguía combustiéndose. Sus ojos estaban ardiendo, y su pico negruzco hablaba con voz infernal.

-Piensa que somos tantas como vosotros, y somos fieles al reino, no como tú. Somos mejores, y la prueba eres tú. Piensa que la sangre que corre por nuestra venas…

Su cuerpo se deshizo entero, carbonizado.

-¿Qué era eso?-preguntó el guerrero.

-Era…-Iereas cerró sus ojos-. No lo sé.

Tuesday, February 20, 2007

Música en directo: la danza mágica

Extraños instrumentos sonaban al antojo de los dedos de los músicos. Iereas se acercó con una mala disimulada curiosidad y con una mirada llena de alegría. Observó instrumentos que desconocía totalmente. Una variedad de instrumentos de viento, cada uno distinto, con sus melodías, unos más agudos, otros más graves, sonidos que les parecían gritos estridentes, sonidos que recordaban a voces guturales y profundas. Un instrumento de cuerda largo con cuatro cuerdas que sonaba muy tenuemente, casi imperceptible, pero allí estaba. Unos tambores marcaban su música con dos notas diferentes con cada golpe de maza.

Aun estaban calentando los instrumentos cuando Iereas se sentó en uno de los bancos de piedra. Apoyó sus codos en sus rodillas y bajó la cabeza hasta posarla en sus manos. Cerraba los ojos y reconocía melodías que iban repitiéndose, ensayando cada una de las combinaciones de notas. Su cabeza se balanceaba de un lado hacia el otro. Tarareaba con algunos instrumentos las sencillas melodías que iba recordando. Cuando los sonidos acabaron, abrió los ojos con un brillo especial.

-Damas y caballeros-pronunció una voz masculina pero cantarina enmascarada en una careta roja con una gran nariz-. Estén atentos, pues el espectáculo va a comenzar. Los grandes músicos que hoy nos acompañan nos harán disfrutar de esta bella tarde.

Todos los gestos del hombre eran exagerados y serpenteantes. Iereas tenía una sonrisa en la boca. Cuando el populacho se acercó a los músicos, el joven muchacho tuvo que levantarse para poder seguir viendo a los artistas.

-¡Que comience el recital!

Todos los músicos empezaron a tocar. Las melodías que antes se habían escuchado desparramadas en el aire ahora sonaban acompasadas y fusionadas las unas con las otras. El sonido era maravilloso. Los oídos del sacerdote se llenaron de notas, y su mente recordó las melodías con la que solía danzar en su tierra.

Repentinamente los campesinos empezaron a bostezar y a marcharse. Ninguno de ellos dejó ni una sola moneda o recompensa por la melodía. El enfado se dibujó en el rostro del joven, y mientras caminaba hacia los músicos se desató la capa. La lanzó al aire tapando el sol a varios de los lugareños, lo que les hizo girarse repentinamente. Miraron con curiosidad el extraño, floreado, ornamentado y rosáceo traje de aquel personaje. Sus ojos azules relucieron, y su cabello rubio y ligeramente ondulado brilló ante el sol que aun brillaba.

El hombre de la careta indicó a los músicos que siguieran tocando, ante el asombro de éstos. Iereas empezó a bailar ante los compases ternarios que tocaba la banda. Sus velos acompañaban sus movimientos rítmicos y cadentes. Unas pequeñas luces brillantes brotaron del suelo, a la vez que la atmósfera empezó a oscurecerse. El pánico brotó entre los asistentes hasta que vieron que las pequeñas luces que brillaban eran mariposas. Las miraban con desconfianza los más mayores, con curiosidad los adultos, y con simpatía los más niños. A los músicos también les envolvió la mágica presencia de los insectos y la belleza del momento. Todos los campesinos callaron y miraron con expectación, mientras más mariposas revoloteaban alrededor de los asistentes, llenando de luz sus caras ante la oscuridad del momento.

Iereas seguía danzando, con el cuerpo envuelto en una misteriosa aura amarillenta llena de luz.

Tuesday, February 13, 2007

Reparo

-Esa mujer me ha confundido con una chica, ¿acaso no soy lo suficientemente masculino?

Hérares lo miró de arriba a abajo. Al llevar las manos sobre la cabeza del horror que sentía el sacerdote dejaba ver su atuendo tan singular.

-Hombre... francamente... eres algo endeble, y el color rosa no acaba de ayudar.

-Pero eso no significa nada, ni la envergadura ni los colores.

Iereas estaba exasperado, irritado, no se mantenía quieto, mientras Hérares estaba sentado sobre un barril. En un estrecho callejón estaban los dos.

-Como mínimo estate agradecido por la lista que te ha dado la anciana, si no es que su vista le haya engañado en más de un aspecto.

-Como mínimo podría haberse fijado con quien hablaba. Pero-dijo mientras se guardaba el papel-, ahora ya sé como decorar las dagas.

-¿Vas a pintar las dagas de colores?

-Haré que vayan a juego con mi atuendo, es importante cuidar esas cosas. La armonía ayuda a calmar la vista.

-Con esos colores... tú procura no quitarte la capa.

Iereas retuvo esa frase en su memoria, no era la primera vez que se lo decía.

-Creo-dijo el sacerdote- que sería bueno movernos por el pueblo por separado, así iremos más rápido a la hora de comprar todo lo que necesitemos. Así podremos abandonarlo más pronto, si te parece bien.

El guerrero se irguió y asintió con la cabeza.

-Muy bien, nos encontraremos al anochecer en las puertas del pueblo. Hasta pronto.

Se dirigió derecho hacia el mercado y se perdió entre las gentes. Iereas se sintió algo más relajado, pero algo le hacía meditar. Decidió ir en busca de la plaza mayor.

Preguntó a varios campesinos y siguió sus indicaciones hasta que empezó a escuchar varios instrumentos que sonaban. No sonaban acompasados ni siguiendo una melodía. Iereas apresuró el paso hasta llegar a su destino. Vio una plaza considerable, y en el centro había un pequeño grupo de músicos que estaban calentando sus dedos, sus bocas, sus gargantas y sus instrumentos. El semblante pensativo del sacerdote cambió mientras sus ojos se iluminaron como las estrellas.

Wednesday, February 07, 2007

Un esmalte para dos empuñaduras

Iereas iba por delante, mirando cada una de las paradas. Sus ojos azulados y brillantes miraban a un lado y a otro buscando lo que quería. Hérares lo seguía. Su cara reflejaba duda. Le parecía extraño que alguien como Iereas tuviera en su poder pepitas de oro, pero todavía no sabía demasiado de su origen.

Al final el sacerdote se paró en una de ellas. El guerrero ojeó por encima de qué se trataba. Sus ojos se abrieron de par a par para ver si efectivamente estaba viendo bien. Era una parada de artículos femeninos. Le subieron los colores.

En cambio, el danzarín estaba tranquilamente hablando con la tendera.

-¿Este esmalte es resistente?-preguntó Iereas.

-Tienes buen ojo, muchacho-le contestó la mujer-. Este está hecho con unos pigmentos muy potentes, y una vez se seca queda muy duro y resiste varios días.

-Lo quería aplicar a unos mangos metálicos de unas dagas para darles algo de color.

-No sé si es esto lo que buscas entonces, pero tengo algo que te podrá hacer servicio. No sabes la alegría que me da hablar de estos temas con una chica tan guapa y tan experta como tú.

En ese momento, Iereas quedó clavado al suelo, inmóvil. Su cara quedó congelada en una sonrisa que tenía desde el inicio de la conversación. La tendera cogió un frasco de cristal y se lo dio.

-Aquí está el mismo pigmento que el del esmalte. Mézclalo con los aglutinantes y acondicionadores que hay en esta lista.

La mujer le dio una lista y, dado que el sacerdote seguía sin moverse ni un ápice, fue Hérares quien pagó a la mujer.

-Muchas gracias, señora-le dijo cortésmente el guerrero mientras arrastraba a Iereas-. Se lo agradecemos mucho.

Mientras el joven sacerdote estaba hecho una estatua de mármol, Hérares lo cargaba debajo de su axila y se lo llevaba fuera del mercado.

Thursday, January 25, 2007

Una nueva arma

Tras pasar las montañas Hérares e Iereas llegaron a una pequeña población.

El camino hasta allí fue tranquilo, pero no hicieron demasiada pausa durante su travesía. Acabaron sacrificando al otro caballo malherido aprovechando también su carne para alimentarse, pero dado que cadecían de sal para mantener la carne en buen estado, aprovecharon para darse unos buenos festines.

Al cruzar el sendero pronto divisaron la civilicización.

Al acercarse a ella vieron que se trataba de una aldea. Sus campos de cultivo se extendían a los cuatro costados del núcleo urbano, y los caminos dividían.

-Iereas-le hizo notar Hérares-. Procura no quitarte la capa, sino podrías llamar demasiado la atención.

Iereas asintió con la cabeza, pero no dijo nada.

Al entrar al pueblo descabalgaron y los llevaron tirando de ellos. Se adentraron por una de las calles donde se encontraban los pocos mercaderes que habían. Supusieron que se trataba de una población muy pequeña y que cadecían de comercio propio. Los comerciantes vestían diferente a los campesinos, por lo que serían vendedores ambulantes.

Hérares de detuvo en una de las paradas. Iereas iba mirando de un lado a otro hasta toparse con la espalda del guerrero. Miró qué había hecho detener a su compañero. Había un estante con una multitud de armas. Hérares miraba con esmero cada una de ellas. Había grandes espadas, espadas cortas, puñales, arcos y flechas, hachas y demás utensilios de batalla.

-Escucha-le comentó Iereas mientras se alejaba-. Iré a ver el resto de mercado, si quieres podemos encontrarnos en...

-Mira-le dijo Hérares mientras tiraba de él hasta encararlo al estante-. Elije un arma.

Iereas miró sin demasiado interés. Todas eran armas pesadas y enormemente grandes.

-No estoy interesado en un arma.

Hérares seguía ojeando las diferentes armas. Alargó la mano hacia una y habló con el armero.

-¿Cuánto pides por esto?

-No creo que tengas dinero suficiente para pagarlas. Están forjadas por el mejor armero del Reino y sus mangos están grabados por el artesano personal de la reina.

-Soy hijo de un herrero, y sé perfectamente cuándo tiene valor o no, y esto no tiene el precio que dejas intuir que tiene.

-Tu padre no debe de ser un buen herrero entonces...

Hérares enrojeció de ira y golpeó el arma contra la mesa con fuira. El golpe hizo retumbar las armas y su sonido metálico rezumbó en los oídos de los próximos.

-Ten-intervino Iereas-. Supongo que esto será suficiente.

El sacerdote enseñó una pepita de oro. El mercader la vio con una mueca de avaricia. Se avalanzó sobre la pepita y la tomó con gran cariño.

-Me siento pagado con esto. Será un placer volver a hacer negocio con vosotros.

Hérares miró a Iereas con una mirada penetrante y furiosa. Cuando dejaron la improvisada armería a sus espaldas, Hérares habló.

-No deberías de haber pagado una pepita de oro por eso. No lo valía, te ha dado gato por liebre.

-No importa. Ahora ya está solucionado. Por cierto-siguió hablando Iereas-. ¿Qué arma has comprado?

-Ten-le contestó mientras se la lanzaba.

Se trataba de dos dagas. Sus empuñaduras estaban decoradas con grabados vegetales y florales, y en sí no pesaban demasiado.

-Les falta una cosa-dijo mirando al guerrero-. Vamos a por ello.

Monday, January 15, 2007

Una vestimenta extraña

Retomaron el camino de vuelta hacia el campamento. Iereas se quitó la túnica ocre que llevaba encima y con un hilo y una aguja en la mano empezó a remendar los desperfectos de su vestimenta. Hérares se paró un momento y lo miró. Estuvo examinándo el extraño atuendo del joven. Una túnica, de estampado floral, corta dejaba al descubierto sus hombros. Dos flores granatosas descansaban sobre sus clavículas y dejaban caer unos velos que se anudaban a las muñecas del muchacho, también decoradas con otra flor en ambas. Calzaba unas sandalias rosadas, con las puntas de los cordones decoradas con pétalos. Llevaba otra flor en el cuello a modo de gargantilla y una tiara con ese estilo laureado.

Su rostro palideció. No se había percatado de que se tapara ese tipo de disfraz. Tantos velos y tanto color rosado-granatoso le había hecho sentir mareado.

Iereas miró el rostro del guerrero.

-¿Qué te sucede?-le preguntó.

-Tu... tu... tus ropas... son... un poco... no sé...

Se miró a sí mismo para ver sus ropas. Tenía varios desperfectos, y aun le quedaba mucho trabajo para reparar el vestuario.

-Tiene muchos rotos, pero acabaré por enmendarlos todos, no es para palidecer.

Hérares recobró la compostura.

-No sabía que fueras vestido así. Siempre llevas esa túnica, incluso el día que te encontré, no reparé en tus... velos.

-Es el atuendo religioso-le explicó-. Como sacerdote debo llevar las ropas que manda el protocolo. Y éstas son las que me pertocan. Este vestido lleva las faldas cortas y es muy ligero, te permite todos los movimientos que quieras. Y cada decoración implica un grado diferente en las diferentes órdenes. Ya estoy acostumbrado a llevarlo día y noche, me costaría llevar otro tipo de prenda.

Mientras Iereas iba hablando, miraba su túnica y clavaba la aguja en la tela. Hérares lo miraba de reojo con cara de desconfianza. Se fiaba, pero le parecía algo sacado de otro planeta.

Thursday, January 11, 2007

Un momento de sinceridad

Iereas se detubo manteniendo la mirada. Hérares quedó inmóvil con la mirada fijada.

Ninguno de los dos hablaba. Tras unos segundos, Iereas dio la espalda al gerrero e intentó seguir su camino.

-Espera-le gritó Hérares.

Escuchaba los pasos a su espalda. Se estaba acercando a él. Bajó la cabeza y respiró hondo, dispuesto a hablar.

-Perdona por lo de antes, pero necesito estar solo. Si tengo un camino, debo recorrerlo por mi cuenta y con mis medios. No he estado viviendo en una sociedad como la tuya o la del resto de personas. Estando a mi lado sólo corres peligros, tanto por mi comportamiento como... por los mercenarios.

Cuando volvía a reemprender su camino, una mano posada en su hombro le hizo girar.

-Nunca te he pedido cuentas de nada, pero si realmente eres un inadaptado más vale que empieces a hablar, si quieres que te ayude. Si vas a llevar un camino concreto, no tengo problemas en seguirte.

-No tienes por qué seguirme, no sé a donde voy.

-Mejor me lo pones, más aventuras tendré y más situaciones peligrosas viviré. Mi objetivo es poder volverme fuerte, más fuerte aun, y demostrar que siendo hijo de un herrero puedo llegar a valer lo mismo que cualquier noble. Ahora, dime algo de tí, cuéntame qué haces aquí.

Iereas miraba los ojos de Hérares. Cuando hablaba de ese modo, sus ojos llameaban, relucían, tenían el espíritu indómito de un ganador.

-Yo...-empezó a vocalizar-esto que has visto lo explica. Soy un sacerdote, un danzarín de los dioses.